¡Hola navegantes! (o gente con tiempo libre) Hoy no quiero quejarme ni poner a parir a nadie, os sorprendéis, ¿verdad? Sin más, me gustaría alabar y compadecerme de las articulaciones. Si habéis oído bien, ar-ti-cu-la-ciones. Pues resulta que hay gente muy mala, muy mala que las tortura continuamente haciéndolas crujir.
Hay dos variedades, los que optan por el crujir simultáneo, lo que provoca un sonido estruendoso y corto. O por otro lado, la variación del crujir sucesivo, el cual se consigue con un crujir lento y uno a uno. Además es de señalar, que la gente que tiene dicho hobby se encarga de martirizar no solo a una articulación, sino que ¡cuantas más mejor! Siempre es de valorar la “ruta” de crujidos. Por ejemplo, cuello, dedos, muñecas, espalda… pueden variar las posiciones, pero es frecuente que cada persona tenga su ruta predeterminada y favorita.
Y es que no sólo se puede nombrar a las articulaciones como víctimas de los crujidos. También los que nos rodeamos de este tipo de personas sufrimos mucho por ello (y en silencio, como las hemorroides). Así que desde aquí propongo formar una plataforma en defensa de las articulaciones. ¿Por qué no?
viernes, 17 de abril de 2009
martes, 31 de marzo de 2009
EN EL METRO: PÓNTELO – PÓNSELO
Los anuncios de Axe se esfuerzan en vendernos que por una dosis del producto atraeremos a las mujeres cual macho cabrío y, como efecto secundario, oleremos bien. Pues creo que Axe se haría de oro patentando el “Axe for Metro”, porque si en algún sitio hay que erradicar malos olores y además es difícil ligar (ya sea por los malos olores o porque no es lo mío) es en el metro.
Las 7 de la tarde, hora punta, la gente empieza a salir del trabajo. Empiezan los empujones, los toquecitos, los pisotones, las carreras por el metro y, por supuesto, los olores. Alguno podría decir “es por las carreras en el metro”, pero no señores, no nos dejemos engañar, la peña es GUARRA DE COJONES, y hay quien no se ducha hasta que no le llega una carta del ayuntamiento.
Y es que no es tan difícil ducharse. De pequeño me jodía, y hoy me jode aún más que las mujeres me manden ducharme… pero joder, tienen parte de razón. El sudor queda muy guapo en un partido de fútbol con los colegas, pero en el metro, sobra… sobre todo si el que suda no eres tú sino los 25 de turno que se meten en el vagón y que jurarías que dejan tras de sí un hilo color verde putrefacto que se puede seguir desde el tren siguiente…
Mi consejo: desodorante always encima. Así, o te lo pones tú, o se lo echas al de al lado.
Las 7 de la tarde, hora punta, la gente empieza a salir del trabajo. Empiezan los empujones, los toquecitos, los pisotones, las carreras por el metro y, por supuesto, los olores. Alguno podría decir “es por las carreras en el metro”, pero no señores, no nos dejemos engañar, la peña es GUARRA DE COJONES, y hay quien no se ducha hasta que no le llega una carta del ayuntamiento.
Y es que no es tan difícil ducharse. De pequeño me jodía, y hoy me jode aún más que las mujeres me manden ducharme… pero joder, tienen parte de razón. El sudor queda muy guapo en un partido de fútbol con los colegas, pero en el metro, sobra… sobre todo si el que suda no eres tú sino los 25 de turno que se meten en el vagón y que jurarías que dejan tras de sí un hilo color verde putrefacto que se puede seguir desde el tren siguiente…
Mi consejo: desodorante always encima. Así, o te lo pones tú, o se lo echas al de al lado.
lunes, 30 de marzo de 2009
EN EL METRO: LECTORES INTRUSOS
Noto que el del asiento de al lado se está inclinando hacia mí. ¿Se habrá quedado dormido? ¿O son los vaivenes del metro?........Miro un poco de reojo y me doy cuenta de que, ¡está leyendo mí periódico! ¡Cómo me jode! Intentas inclinar el periódico para que no alcance a leerlo pero compruebas que entonces él se esfuerza más y más.
Alguno habrá comprobado el extremo de esta situación que puede tener varios finales: te guardas el periódico y te privas de tus noticias matinales por culpa del tocanarices del vagón del metro. Otra opción es que aprietes los dientes y aguantes como un javato. Y por último puede que al pasar la página, el lector intruso, te diga: - Espere, que no he terminado de leer la columna de opinión.
En ese momento, de lo que te ha jodido, o bien te bajas del tren o le gritas a todo pulmón: - ¡Coge un periódico gratuito!
Alguno habrá comprobado el extremo de esta situación que puede tener varios finales: te guardas el periódico y te privas de tus noticias matinales por culpa del tocanarices del vagón del metro. Otra opción es que aprietes los dientes y aguantes como un javato. Y por último puede que al pasar la página, el lector intruso, te diga: - Espere, que no he terminado de leer la columna de opinión.
En ese momento, de lo que te ha jodido, o bien te bajas del tren o le gritas a todo pulmón: - ¡Coge un periódico gratuito!
sábado, 28 de marzo de 2009
EN EL METRO: SALIR ANTES DE ENTRAR
Si, desde pequeño mis padres me lo han repetido sin cesar: “Pablo, deja salir a la señora”, “Pablo, no entres hasta que salgan los que están dentro”. Siempre creí que todos los padres lo hacían, que había una especie de código internacional de buenos modales por el cual uno no puede entrar en ningún lugar cerrado hasta que salgan los que tienen intención de hacerlo, y eso incluía el metro.
Pero no, una vez más me equivocaba. Os pongo en situación: 8 de la mañana, línea 10 de metro, vamos todos como si fuésemos piezas del lego, encajando una pierna por aquí y una oreja por allá. Se para el metro en Nuevos Ministerios y dudas si será mejor estar allí o ir andando, y descalzo, al trabajo. Intentas salir, tienes que cambiar de línea como sea, pero no. Los que están delante de la puerta no se apartan, se aferran al vagón como si se les fuese la vida en ello. Y los de fuera entran todos en plan muralla: ¡señores, dejen salir y cabrán más, por ahora no soy capaz de atravesar masas corpóreas! Es simple y sencillo.
¡No soporto a la gente que es tan dura de mollera!
Pero no, una vez más me equivocaba. Os pongo en situación: 8 de la mañana, línea 10 de metro, vamos todos como si fuésemos piezas del lego, encajando una pierna por aquí y una oreja por allá. Se para el metro en Nuevos Ministerios y dudas si será mejor estar allí o ir andando, y descalzo, al trabajo. Intentas salir, tienes que cambiar de línea como sea, pero no. Los que están delante de la puerta no se apartan, se aferran al vagón como si se les fuese la vida en ello. Y los de fuera entran todos en plan muralla: ¡señores, dejen salir y cabrán más, por ahora no soy capaz de atravesar masas corpóreas! Es simple y sencillo.
¡No soporto a la gente que es tan dura de mollera!
EL METRO
Queridos seguidores, el Metro es uno de los lugares más plagados de encantos y desencantos de nuestra querida ciudad. Es una especie de micro-clima, donde se pueden encontrar especies y subespecies dignas de un estudio personalizado. A eso me voy a dedicar en la entrada de hoy, a describir algunas de las muchas situaciones que me joden, te joden, le joden, nos joden, os joden y les joden del Metro.
jueves, 26 de marzo de 2009
… Y SE ME QUEDA CARA DE GILIPOLLAS
Hoy me ha sucedido algo humillante, y he decidido aprovechar mi condición de Jodencio para expresarme… ¿No os da la sensación de que los conductores de autobús (“autobuseros” para algunos) se ríen de nosotros? A mí no me da la sensación, es que estoy totalmente seguro de que viene incluido en su contrato. Seguro que durante la entrevista de trabajo les hacen alguna pregunta o incluso algún test para detectar sus ganas de joder. ¡No hay derecho!
Y es que siempre nos hacen lo mismo. Ves que el bus ha llegado a la parada, echas a correr, el conductor ve la carrera que te estás pegando, te mira y te cierra la puerta delante de tus narices. Joder, no me seas y ábreme la puerta ¿no? Que para eso muchas veces soy yo el que tiene que estar esperando más de la cuenta, empapado por la que está cayendo o helado de fío y no me quejo. Supongo que es duro tener que pulsar de nuevo el botoncito que abre la puerta, y que una persona más en el autobús hace que el resto de pasajeros vayan más apiñados… ¡Venga ya!
Y es que siempre nos hacen lo mismo. Ves que el bus ha llegado a la parada, echas a correr, el conductor ve la carrera que te estás pegando, te mira y te cierra la puerta delante de tus narices. Joder, no me seas y ábreme la puerta ¿no? Que para eso muchas veces soy yo el que tiene que estar esperando más de la cuenta, empapado por la que está cayendo o helado de fío y no me quejo. Supongo que es duro tener que pulsar de nuevo el botoncito que abre la puerta, y que una persona más en el autobús hace que el resto de pasajeros vayan más apiñados… ¡Venga ya!
LA LEY DE LA SELVA
¿Otra vez por aquí? Nos os podías resistir más a mis encantos y pasar otro día sin visitar mi blog, lo sé… creo que podré seguir viviendo con ello… Lo que pasa es que no sé si podré seguir vivo saliendo a salas petadísimas en las que después de esperar una laaaaaaarga cola para entrar dentro tienes que “luchar” con toda esa gente que estaba contigo, antes y después que tú en esa laaaaaarga cola.
Bueno, pero lo que más me jode en todo esto es cuando ya estas dentro. No sé si tengo ese don, pero siempre soy el afortunado que le toca de espaldas al pasillo que todo el bar cree que es el “pasillo oficial” por donde pasar. Y claro, así te pasas la noche moviéndote un pasito para delante y otro para atrás, para un lado y para el otro, todo sin formar, pero sin tratarse de un baile, sino por la gente que pasa y te empuja.
Y bueno, ya la noche se remata, si te toca al lado al grupo bailarín y saltarín que te deleita constantemente con sus codazos, culazos, golpecitos, pisotones y roces. Si es que para salir lo básico no es ir borracho o sucedáneos, sino ir con una buena dosis de paciencia. Ay señor, ¡lo que hay que aguantar!
Bueno, pero lo que más me jode en todo esto es cuando ya estas dentro. No sé si tengo ese don, pero siempre soy el afortunado que le toca de espaldas al pasillo que todo el bar cree que es el “pasillo oficial” por donde pasar. Y claro, así te pasas la noche moviéndote un pasito para delante y otro para atrás, para un lado y para el otro, todo sin formar, pero sin tratarse de un baile, sino por la gente que pasa y te empuja.
Y bueno, ya la noche se remata, si te toca al lado al grupo bailarín y saltarín que te deleita constantemente con sus codazos, culazos, golpecitos, pisotones y roces. Si es que para salir lo básico no es ir borracho o sucedáneos, sino ir con una buena dosis de paciencia. Ay señor, ¡lo que hay que aguantar!
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